Fernando Alvarez astrologo
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Combustion Humana Espontanea

combustión humanaEntre todos los destinos inexplicables que pueden aguardar a una persona, quizás el más extraño sea el de arder inesperadamente, sin que ninguna causa aparente lo justifique. A este fenómeno se le ha intentado dar varias explicaciones racionales... pero nadie lo ha conseguido.

Las consecuencias de la combustión humana espontánea. El fuego ha reducido la mayor parte del cuerpo a cenizas dejando sólo parte de las piernas (C), la mano izquierda (A) y parte del cráneo (B). Fue lo bastante intenso para horadar el suelo (Entre A y B). Deben haberse producido temperaturas altísimas y, sin embargo, por alguna misteriosa razón, el fuego no se extendió, causando muy pocos daños en los objetos circundantes.

Desde hace mucho tiempo, la gente cree que en ciertas circunstancias el cuerpo humano puede arder por decisión propia. Las llamas, además, son tan terribles que en pocos minutos la víctima queda reducida a un montón de cenizas carbonizadas. Esta creencia —algunos la llaman superstición— existe desde hace siglos y se basa en la idea del castigo divino con tenida en el libro de Job. Este fenómeno fue muy popular en los siglos XVIII y XIX, y entre otros, el famoso novelista británico Charles Dickens se sintió fuertemente atraído por el tema. Dickens había examinado los casos de combustión humana espontánea (que abrevia remos CHE) “como podría hacerlo un juez”, conocía la mayor parte de los primeros casos, y describió algunos de ellos en sus obras (por ejemplo, la muerte de Krook en La casa desierta, escrita en 1852-53).

La muerte de la condesa Cornelia Bandi, de 62 años, acaecida en abril de 1731 cerca de Verona, es uno de los primeros informes fiables de CHE. Según parece, la condesa se había acostado después de cenar y se quedó dormida después de conversar varias horas con su doncella. Por la mañana, la doncella volvió a despertarla y presenció una escena horripilante. La habitación estaba cubierta de hollín y el suelo cubierto de un líquido pegajoso; de la parte inferior de la ventana goteaba un extraño líquido amarillo y grasiento, que hedía de forma poco usual. La cama, que no había sufrido daños, tenía las sábanas vueltas, indicando que la condesa se había levantado. A un metro y medio de la cama había un montón de cenizas, dos piernas intactas, con medias, entre las que yacían el cerebro, la mitad de la parte trasera del cráneo, el mentón y tres dedos ennegrecidos. Todo el resto eran cenizas que si se tocaban dejaban en la mano una humedad grasienta y hedionda.

Quizá la característica más común de la CHE sea la gran velocidad con que se produce. Muchas víctimas fueron vistas con vida pocos momentos antes de que el fuego sobreviniese des de la nada. Un cirujano italiano, Battaglio, relató la muerte de un cura llamado Bertoli, en la ciudad de Filetto, ocurrida en 1789. Vivía con su cuñado, y en cierta ocasión se hallaba solo leyendo un libro de oraciones en su cuarto. De pronto se le oyó gritar. Los que acudieran en su ayuda le encontraron en el suelo envuelto en una pálida llama que se apagó al acercarse ellos.

Bertoli llevaba una túnica de tela de saco de bajo de sus vestidos, cerca de la piel, y en seguida se comprobó que la ropa de encima se había quemado dejando intacta la túnica. De bajo de la túnica, la piel del tronco no estaba quemada, pero colgaba de la carne a jirones. Algunos autores deducen que el fuego debe desarrollarse con extrema rapidez, puesto que las víctimas se hallan a menudo sentadas tranquilamente, como si nada hubiese ocurrido.

Otra característica casi universal de la CHE es la extrema intensidad de calor que genera. En circunstancias normales es muy difícil quemar un cuerpo humano, máxime si está vivo, y los cuerpos de las personas que mueren envueltas en llamas normalmente sólo sufren daños parciales o superficiales.

Todos los expertos afirman que la reducción de un cuerpo humano a un montón de cenizas calcinadas requiere una gran cantidad de calor, y que se debe echar combustible y mantener el fuego durante horas: a pesar de ello, los crematorios suelen incluso moler los huesos que quedan. A raíz de un caso de CHE, el doctor Wilton M. Krogman, antropólogo forense de la Universidad de Pennsylvania, declaró que había visto cuerpos quemando en un crematorio durante 8 horas a 1.110° C sin que hubiese ningún indicio de que los huesos se calcinasen o se hiciesen polvo, y que se necesita una temperatura de unos 1.650° C para que los huesos se fundan y se volatilicen. En el caso de Léon Eveille, de 40 años, que fue encontrado completamente quemado en el interior de su coche cerrado en Arcis-sur-Aube (Francia) el 17 de junio de 1971, el calor había fundido los cristales del coche. Se calcula que un coche al quemarse alcanza una temperatura aproximada de 700° C, pero que para que se funda el cristal la temperatura tiene que superar los 1.000° C.

En los casos de CHE nos encontramos repetidamente con otro extraño fenómeno: la localización del calor. Los cuerpos abrasados se hallan estirados en camas intactas, sentados en sillas ligeramente quemadas o con los vestidos en perfecto estado.

En 1905 el British Medical Journal relató la muerte de “una anciana señora de costumbres extravagantes”. La policía irrumpió en una casa de la que salía humo y encontró:

“…un pequeño montón piramidal de huesos humanos calcinados encima del cual se hallaba un cráneo, en el suelo y delante de la silla. Todos los huesos habían sido completamente quemados y carbonizados; cada partícula de tejido blando se había quemado, y sin embargo un mantel que estaba a tres pies de los restos se hallaba intacto...”

Curiosamente, el techo estaba también quemado, como si la mujer se hubiese convertido en una antorcha de fuego.

Charles Fort, uno de los principales interesados en estos temas, narra en sus Obras completas (1941), dos casos asombrosos. El primero, recogido por el Daily News el 17 de diciembre de 1904, describe cómo la señora Cochrane, de Falkirk, fue encontrada muerta por quemaduras en su habitación y «totalmente desfigurada». No se oyó ningún chillido, y muy pocos objetos resultaron quemados. El fuego no estaba encendido. Se encontró su cuerpo carbonizado “sentado en una silla, con cojines a su alrededor”. El segundo caso, relatado en el Madras Mail del 13 de mayo de 1907, se refiere a una mujer del pueblo de Manner, cerca de Dinapore. Se había quemado su cuerpo, pero no sus vestidos. Dos guardias la encontraron en una habitación intacta, y llevaron el cuerpo aún ardiente al Magistrado del distrito.

combustión humana espontáneaLa combustión humana espontánea ocurre con extraordinaria rapidez, y aún así el calor generado es suficiente como para calcinar incluso los huesos de la víctima. En cambio, en el fuego continuo de un crematorio un cuerpo puede tardar horas en quemarse. Además, en estas circunstancias sólo se quema completamente la carne (foto Dowson & Mason Ltd.).

En 1841 el British Medical Journal publicó el discurso que el doctor F. 5. Reynolds dirigió a la Sociedad Patológica de Manchester en relación a la cuestión de la CHE. A pesar de que rechazaba la idea de la combustión «espontánea», admitió la existencia de casos desconcertantes, y citó un ejemplo extraído de una experiencia personal: una mujer de cuarenta años que había caído cerca de una chimenea.

Fue encontrada a la mañana siguiente, aún ardiendo. Lo que le sorprendió fue el daño que habían sufrido las piernas: el fémur estaba completamente carbonizado y envuelto en unas medias intactas; las articulaciones de las rodillas estaban abiertas.

Algunos especialistas en CHE se han planteado el hecho de que las víctimas no griten ni luchen. Es algo más que un simple quemarse: existen algunos elementos psíquicos que preceden o acompañan a este hecho y que podrían explicar la apatía o incapacidad por parte de las víctimas supervivientes de explicar lo que les ocurrió. Así por ejemplo, el Huli Daily Mail del 6 de enero de 1905 describió cómo una anciana mujer, Elizabeth Clark, fue encontrada una mañana con quemaduras mortales, sin que su cama, en un hospital de HulI, registrase marcas de fuego. No se había oído ningún grito ni ruido de lucha a través de las mamparas. La mujer fue “incapaz de dar un relato coherente” de su accidente, y murió poco después.

La combustión humana espontánea ha recibido las críticas más severas por parte de la ciencia. El gran pionero de la química, el barón Justus von Liebig, escribió una apasionada refutación de las combustiones preternaturales o espontáneas, basándose en el argumento de que nadie las había visto.

Como hombre de ciencia, consideraba las pruebas históricas como un dato no comprobado de la creencia en la CHE, más que como pruebas reales de muertes por incendio espontáneo. Además, se lamentaba de la falta de testigos expertos y no tomaba en cuenta otros testimonios, porque “proceden de personas ignorantes, sin experiencia en la observación y llevan en sí mismos la marca de no ser dignos de confianza”.

Por otra parte, han sido varios los intentos de dar una explicación científica a la CHE. Entre ellos destaca el de algunos médicos de principios de siglo XX, pioneros de la patología. Según su teoría, en ciertas condiciones el cuerpo puede generar gases que se queman al entrar en contacto con el oxígeno. Así por ejemplo, el ilustre científico barón Karl Von Reichenbach escribió sobre el «miasma de putrefacción» de los cuerpos humanos. Sin embargo, Liebig no encontró pruebas de que este gas existiese «en cuerpos sanos o enfermos, ni siquiera en la putrefacción de cuerpos muertos».

combustión doctor Bentley
La combustión del doctor Bentley

El doctor J. Irving Bentley, médico retirado, vivía en la planta baja de un edificio de apartamentos, en Coudersport, Pennsylvania. En la fría mañana del 5 de diciembre de 1966, Don Gosnell entró en el sótano del edificio para leer el contador del gas. En el sótano flotaba un “humo azul claro de olor extraño”. Gosnell descubrió por casualidad, en un rincón, un montón de cenizas. Nadie había respondido a su saludo al entrar, de modo que decidió ir a echar un vistazo al anciano. En el dormitorio había el mismo humo extraño, pero ni rastro de Bentley. Gosnell miró en el cuarto de baño y se enfrentó con una visión que no olvidará nunca. El suelo estaba quemado y en él se abría un enorme hoyo por donde se veían las tuberías y vigas que había quedado al descubierto. Al borde del hoyo vio “... una pierna marrón, desde la rodilla hasta abajo, como la de un maniquí. ¡No miré más!” Gosnell huyó del edificio a toda prisa, y fue a dar parte de su macabro descubrimiento.

Dixon Mann y W. A. Brend, en su Forensic Medicine and Toxicology (1914), explicaron el caso de un hombre obeso que murió dos horas después de ingresar en el hospital Guy de Londres, en 1885. Al día siguiente se encontró su cuerpo muy hinchado, con la piel distendida y completamente lleno de gas, a pesar de que no había señales de descomposición. «Cuando se le pinchó en la piel, el gas salió y se quemó con una llama parecida a la del hidrógeno: ardieron simultáneamente más de una docena de llamas.» Si el hombre hubiese muerto en su casa, cerca de un fuego, hubiéramos tenido otro caso de «combustión espontánea».

De todas maneras, un gas de este tipo dentro de los tejidos del cuerpo sería fatalmente tóxico, y provocaría una grave enfermedad o incluso la muerte de la víctima.

Normalmente estos síntomas no se manifiestan: a menudo las víctimas han sido vistas vivas poco antes de que se quemaran. Esta teoría tampoco sirve para explicar el hecho de que los vestidos permanezcan muchas veces intactos sobre el cuerpo carbonizado.

Como alternativa a la teoría de la enfermedad, podríamos considerar que ciertas funciones orgánicas o mecánicas de los procesos del cuerpo están alteradas. Ivan Sanderson, y antes que él Vincent Gaddis, estudiaron la formación de fosfágenos en el tejido muscular, en especial la vitamina B1.

En ciertas personas sedentarias, el fosfágeno, compuesto similar a la nitroglicerina y de formación endotérmica, podrían acumularse cantidades anormales, de manera que los cuerpos se volvieran fácilmente combustibles.

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