¿Convertir plomo en oro? Se trata de alcanzar el “oro” de la conciencia trascendente, una metáfora para el crecimiento…
“Ardua tarea es penetrar en las cualidades reales de cada cosa”
(Demócrito, s. VIII a. C.) 
Introducción
Trataremos aquí de explicar, de una forma resumida, en qué consistió, y consiste, la auténtica alquimia. La mayoría de los diccionarios modernos ha contribuido a reforzar una serie de errores comunes, rechazándola por considerarla una predecesora inmadura, empírica y especulativa de la química, con el único objetivo de transmutar los metales comunes en oro. Aunque es cierto que la química se desarrolló a partir de la alquimia, estas dos ciencias no tienen apenas nada en común. Mientras que la química se ocupa de los fenómenos científicamente verificables, la misteriosa doctrina de la alquimia atiende a una realidad escondida de orden superior que conforma la esencia que subyace a la mayoría de las verdades y religiones. La perfección de esta esencia se denomina Absoluto; puede ser percibida y comprendida como la Belleza de toda la Belleza, el Amor de todo el Amor y lo Más Alto de lo Alto, sólo con que la conciencia cambie profundamente y pase del nivel normal de percepción cotidiana (el plomo) a un nivel sutil de percepción (el oro), de manera que cada objeto se perciba con la forma arquetípica perfecta, contenida dentro del Absoluto. La percepción de la perfección eterna de todo en todos los lugares es lo que constituye la Redención Universal. La alquimia es un arco iris que atraviesa el abismo que existe entre el plano terrestre y el celestial, entre la materia y el espíritu. Al igual que el arco iris, puede parecer que está a nuestro alcance, pero si se corre tras ella con el único objetivo de encontrar una montaña de oro, se alejará. Es allí donde se han perdido los buscadores ambiciosos de poderes mágicos, y de hecho con esa finalidad la imaginería alquímica ha “ocultado” la verdad de diferentes maneras.
La ciencia de la alquimia, sagrada, secreta, antigua y profunda, también de nominada arte real o sacerdotal y filosofía hermética, esconde tras textos esotéricos y emblemas enigmáticos las vías para penetrar en los secretos más profundos de la naturaleza, de la vida y la muerte y de la unidad, la eternidad y el infinito.
A la vista de tales secretos, el de fabricar oro tiene, relativamente, poca importancia; se podría comparar con los superpoderes (siddhis) que a veces consiguen los grandes yoguis; estos poderes no se buscan por el valor que en sí tengan, son importantes productos secundarios que resultan de alcanzar un alto nivel espiritual y que incluso implican una suerte de tentación final para el anhelo enfermizo del Ego por poseer.
Empezaremos, por lo tanto, fijándonos en qué era realmente lo que los alquimistas pretendían conseguir. «La alquimia no es simplemente un arte o una ciencia que enseñe a realizar la transmutación de unos metales en otros, sino más bien una ciencia sólida y verdadera que enseña a conocer el centro de todas las cosas, lo que en el lenguaje divino se llama el Espíritu de la Vida.» (Pierre-Jean Fabre, Les Secreis chymiques, París, 1636.)
Sin embargo, el proceso de la transmutación, a pesar de no ser el objetivo final, es una parte esencial de la Gran Obra —el Magnum Opus— que consiste en lograr tanto la realización material como la espiritual. A menudo los estudios sobre alquimia pasan por alto este hecho. Algunos comentaristas afirman que la alquimia es una disciplina absolutamente espiritual, mientras que otros sólo parecen estar interesados en descubrir si realmente se fabricaba oro y quiénes eran los que lo fabricaban.
Ambas actitudes dan lugar a interpretaciones erróneas. Es esencial tener en cuenta que existen correspondencias muy concretas —fundamentales para las teorías alquimistas— entre lo visible y lo invisible, lo superior y lo inferior, la materia y el espíritu, los planetas y los metales. El oro, dada su naturaleza incorruptible y sus notables características físicas, es para los alquimistas el sol de la materia, una analogía de la perfección final que ellos intentan conseguir al hacer que los metales comunes alcancen el bendito estado del oro. Al igual que el oro es también, en cierta medida, la sombra del Sol, el Sol es la sombra de Dios.
“La Gran Obra consiste, por encima de todo, en que el hombre se cree a sí mismo, es decir, que domine total y absolutamente sus facultades y su futuro; es especialmente la completa emancipación de su voluntad lo que le asegurará el dominio sobre Azoth y la región de Magnesia; en otras palabras, el control absoluto del Agente Mágico Universal. Este Agente, al que los antiguos filósofos disfrazaron con el nombre de Materia Primera, determina las formas que muestran las sustancias modificables; a través de él, podemos muy bien llegar a la transmutación de los metales y a la Medicina Universal.” (Eliphas Levi, Transcendental Magic, Londres.)
A lo largo de la historia, los verdaderos alquimistas, que desdeñaban las riquezas y los elogios mundanos, han intentado encontrar la Medicina Universal, la Panacea; esa Panacea que, al sublimarse totalmente, se convierte en la Fuente de la Juventud, en el Elixir de la Vida y en la Llave de la Inmortalidad, tanto en un sentido espiritual como misteriosamente físico. El Elixir no sólo curaría las enfermedades, eliminando de raíz las causas que las producen, sino que también podría hacer que el cuerpo rejuveneciera y se convirtiera finalmente en un «cuerpo de luz» incorruptible.
El Adepto (adeptus, «el que ha conseguido» el Don de Dios) recibiría entonces la triple corona de la Iluminación: Omnisciencia, Omnipotencia y Gozo del Amor Divino Eterno. Pero muchos son los llamados y pocos los elegidos; hay que reconocer que dentro de esta minoría muy pocos han conseguido alcanzar el último objetivo. Los que sí lo han hecho constituyen la Hermandad de la Luz y están Vivos.
Antes de obtener el Elixir, el alquimista tiene que vencer todos los obstáculos y dificultades que se le presentan en el complicadísimo proceso que culmina con la creación de la Piedra Filosofal. Esta es la Piedra, pues así se llama, que tiene la propiedad de transmutar los metales comunes en oro. Por consiguiente, la mayoría de los tratados de alquimia parecen abordar exclusivamente la preparación de esta Piedra y de otras medicinas de menor importancia.
Aunque llenos de hermosas promesas, estos textos contienen invariablemente gran número de complicadas estratagemas, que tienen como fin desalentar a los frívolos (como habíamos referido antes). Están escritos con un lenguaje a menudo tan oscuro e inaccesible que su estudio requiere años y años de absoluta dedicación; hay que leerlos una y mil veces antes de poder entender su exégesis. Este carácter secreto constituye una de las bases de la alquimia, e incluso los alquimistas modernos hacen gala de ello.
Tanto los escépticos como los creyentes coinciden en afirmar que si los alquimistas hubieran hablado con claridad hubieran sido perseguidos a lo largo de toda la historia por mantener unas ideas y creencias que no eran las convencionales. En lo que sí discrepan es en que los primeros niegan que la alquimia tenga unas bases prácticas, rechazando su carácter de ciencia oculta por considerar que es un velo que encubre la ignorancia y los segundos afirman que este carácter oculto era en cierto modo necesario para asegurar que el conocimiento de estas fuerzas ingentes no cayera en manos equivocadas.
Sin embargo, la oscuridad de los textos alquímicos se debe también a otras razones: constituyen un desafío para aquellos que, por su naturaleza heroica, intentan «conocer su interior». Al igual que Teseo, el interesado se enfrenta al Laberinto. Este Laberinto desafía a la lógica lineal, que en este contexto carece de utilidad. El ataque a la lógica lo lleva a cabo el Minotauro del absurdo, que muy pronto reducirá a la nada al supuesto héroe, que se ve incapaz de resistir su ataque. Solamente por medio de la intuición y la inspiración —el hilo de oro de Ariadna— se resolverá el enigma y la luz sucederá a la oscuridad. Tales métodos, con los cuales se superan y se trascienden las limitaciones de la mente, son utilizados por los maestros de muchas disciplinas espirituales y esotéricas. Los maestros del Zen, por ejemplo, utilizan los koans, una especie de adivinanzas que, al mismo tiempo que desequilibran el intelecto, pueden provocar el satori o iluminación (Meditación).
Pero a pesar de ser enormes las dificultades que presentan las doctrinas esotéricas de Oriente y Occidente, son mucho mayores las que se le presentan al estudioso de la alquimia. Especialmente si lo que pretende es ir más allá de esos análisis superficiales que periódicamente han venido realizando historiadores, psicólogos y otros eruditos.
Si bien es cierto que el estudio de la alquimia a través de los textos resulta verdaderamente desalentador, no lo es menos que el desesperanzado estudioso puede descubrir en las pinturas alquímicas un camino, repleto de maravillas, para penetrar en el corazón de la materia. Y es que los alquimistas, a través de sus imágenes, han expresado de una forma ingeniosa y casi siempre muy bella, cosas de las que nunca llegaron a escribir.
Este lenguaje pictórico, en el que absolutamente todos los detalles poseen un significado específico, ejerce una profunda fascinación sobre el observador sensible. Esta fascinación se produce siempre, independientemente de que las pinturas se comprendan. Si el lector contempla atentamente estas imágenes, es decir, si va más allá de la superficie, apreciará que muchas veces corresponden a una dimensión intemporal que se encuentra en nuestro interior más profundo.
Estas pinturas tan fascinantes muestran un simbolismo polivalente y se prestan a diferentes interpretaciones. Como consecuencia de esto, cada cierto tiempo surgen controversias nada gratas entre los defensores de diferentes interpretaciones, pues cada uno afirma que la suya es la única válida. (Por poner un ejemplo, la forma en que un conocido alquimista rechaza vehementemente en su último libro las interpretaciones de C. G. Jung del simbolismo alquímico es una muestra de intolerancia dogmática y de una estrechez de miras de la peor índole.)
La alquimia no puede reducirse a un solo sistema de pensamiento, ni tampoco a una sola interpretación simbólica, ya que trasciende todos los dogmas y todas las religiones. No se debe olvidar que en un momento u otro, algunas veces alternándose y otras simultáneamente, este arte ha sido practicado por chinos, hindúes, egipcios, griegos y árabes. Todos ellos contribuyeron a darle la forma que, finalmente, presentaba en la Edad Media; a partir de ese momento la llamada evolución del pensamiento alquímico ha sido superficial y en gran medida ilusoria.
Ideogramas y lenguaje cifrado, el museo hermético
Como decíamos, existe todo un mundo de imágenes profundamente ancladas en la memoria del hombre moderno y que se relacionan con la Alquimia. Pero no se encuentran en publicaciones accesibles al gran público, sino sepultadas en manuscritos y grabados antiguos. Ya que la finalidad era “guardar” este conocimiento arcano de los inescrupulosos.
Allí están las eternas “salas de Los”, el profeta de la imaginación, salas repletas de imágenes arquetípicas y figuras platónicas que rigen nuestra representación del mundo y de nosotros mismos, imágenes de las que el poeta inglés William Blake (1757—1827) dice que reflejan “todo lo que pasa en la tierra”, y que “cada época puede utilizarlas para acopiar renovadas fuerzas”. (Jerusalén, 1804—1820). Algunas de esas imágenes serán reproducidas aquí, para que el que pueda entender “entienda”.
El extraño carácter jeroglífico de estas imágenes nos remite a la legendaria antigüedad de su arte y a la fuente de sus sabidurías: Hermes Trismegisto, el patriarca de la mística de la naturaleza y de la alquimia.
Fueron los colonizadores griegos en Egipto, en la Antigüedad tardía, quienes identificaron a uno de sus dioses, Hermes (lat. Mercurius), mensajero alado y conocedor del arte de curar, con Thot, el “tres veces grande”, del antiguo Egipto. Thot era el dios de la escritura y de la magia, siendo venerado, al igual que Hermes, como «psicopompos», como guía de las almas en los infiernos. La figura de Hermes Trismegisto se asoció también a un faraón legendario que supuestamente había dotado al pueblo egipcio de 30.000 volúmenes que contenían todos los conocimientos naturales y sobrenaturales, entre ellos la escritura jeroglífica. Fue una especie de Moisés de los alquimistas, pues había transmitido los mandamientos divinos de su arte en la “Tabla de esmeralda”. Esa “Tabula smaragdina”, hoy día datada entre los siglos VI y VIII de nuestra era, andaba por el occidente cristiano, a partir del siglo XIV, en traducciones del árabe.
Desde entonces apenas volvió a haber un alquimista, ni operativo ni especulativo, que no se esforzase en hacer concordar sus conocimientos con el texto lapidario de estas doce tesis:
“Es verdadero, verdadero, sin duda y cierto:
Lo de abajo se iguala a lo de arriba, y lo de arriba a lo de abajo, para consumación de los milagros del Uno.
Y lo mismo que todos las cosas vienen del Uno, por la meditación sobre el Uno, así todas las cosas han nacido de esa cosa única, por modificación.
Su padre es el sol, su madre la luna, el viento lo ha llevado en su vientre; la tierra es su nodriza.
Es el padre de todas las maravillas del mundo entero. Su fuerza es orbicular, cuando se ha transformado en tierra.
Separarás la tierra del fuego, lo sutil de lo grosero, suavemente y con gran entendimiento.
Asciende de la tierra al cielo y vuelve a descender a la tierra, recogiendo la fuerza de las cosas superiores e inferiores.
Tendrás toda la gloria del mundo, y las tinieblas se alejarán de ti.
Esta es la fuerza de fuerzas, pues vencerá todo lo sutil y atravesará lo sólido.
Así se creó el mundo.
He aquí la fuente de las admirables transmutaciones y aplicaciones indicadas aquí.
Por eso me llaman Hermes Trismegisto, porque poseo las tres partes de la sabiduría universal.”
De Hermes, mensajero de los dioses, deriva la hermenéutica, la ciencia de la interpretación de textos, que según el autor del “Libro de la Santísima Trinidad” (1415), primer texto de alquimia en lengua alemana, tiene una cuádruple vertiente: natural, sobrenatural, divina y humana. En los códices de sus más eminentes representantes, la literatura alquimista despliega un lenguaje extraordinariamente sugestivo, rico en alegorías, analogías y alusiones, un lenguaje que, gracias sobre todo a la mediación de los escritos teosóficos que Jacob Boehme, ha ejercido una profunda influencia en el romanticismo (Blake, Novalis), en el idealismo alemán (Hegel, Schelling) y en la literatura moderna (Yeats, Joyce, Rimbaud, Brecht, Breton, Artaud).
Numerosos eran quienes, incluso en el seno de la propia corporación, criticaban la “lengua oscura” de los alquimistas. Y lo que ellos mismos nos revelan sobre sus medios de expresión, no parece facilitar más las cosas: “Cuando hablábamos abiertamente, no decíamos (en realidad) nada. Pero cuando escribíamos en lenguaje cifrado y en imágenes, ocultábamos la verdad.” (Rosarium philosophorum, ed. Weinheim, 1990)
Quien, sin tener en cuenta esta advertencia, penetra en este campo lingüístico, se encuentra bruscamente en un caótico sistema de referencias, en una red de pseudónimos cambiantes y símbolos de substancias arcanas que pueden en principio significar algo muy distinto y que no pueden desentrañar ni siquiera los léxicos especializados ni los modernos diccionarios de sinónimos. Semejante maraña de conceptos difusos lleva una y otra vez a adoptar medidas simplificadoras. En ese sentido conviene citar aquí los desvelos hermenéuticos y fecundos del psicoanalista suizo C. G. Jung, que redujo la figura híbrida de la alquimia únicamente a su aspecto interno, y que sólo aceptaba la obra química exterior como una proyección de procesos psíquicos manifiestos.
No obstante, los filósofos herméticos se expresan “más clara y libremente, con más rigor, mediante un discurso sin palabras o incluso sin discurso, o con imágenes de los misterios, que con las palabras, incluso en aquellos enigmas representados por figuras” (C. Horlacher, Kern und Stern..., Francfort, 1707). Con sus ideogramas pretenden, en opinión del adepto rosacruciano Michael Maier, “llegar al intelecto por los sentidos”. En este contexto puede designarse la imaginería criptográfica de la alquimia por su motivo preferido, el Hermafrodita, cruce del estímulo sensual (Afrodita) con la vindicación del espíritu (Hermes). Esta imaginería se encauza a la intuición, y no a las facultades discursivas, consideradas destructivas “Lo que vive según la razón, vive contra el espíritu”, escribe Paracelso. Muchos otros esperaban con Paracelso el advenimiento del tertius status, del tercer reino del Espíritu Santo, profetizado por Joaquín de Fiore (1130—1202), en el que la letra de los textos sería sustituida por una comprensión visionaria. Se llegaría de nuevo a la lengua original del paraíso, que nombra todas las cosas por su verdadero nombre, y todos los misterios de la naturaleza se manifestarían como en un libro abierto. La tendencia a la lengua secreta en “sintagmas oscuros”, cifrados, en imágenes enigmáticas, se explica por el profundo escepticismo frente al poder expresivo de la lengua de Babilonia, con su alfabeto impío y sus reglas gramaticales que encadenan al Espíritu Santo. Lo que realmente importaba era preservar de los abusos del profano el saber primordial, esa prisca sapientia: que había sido directamente revelada por Dios a Adán y a Moisés y que una élite había transmitido a los largo de los siglos. Por ese motivo, Hermes Trismegisto con Zoroastro, Pitágoras y Platón, un eximio representante de esa élite, había inventado los jeroglíficos.
La idea que tenía el Renacimiento de los antiguos jeroglíficos egipcios era la de un código secreto y simbólico, y esa idea estaba basada en el tratado de un egipcio del siglo V de nuestra era llamado Horapolo, en el que se encuentra la clave simbólica para descifrar cerca de 200 signos. Esta obra, titulada “Hieroglyphica” publicada en numerosas traducciones e ilustrada entre otros por Durero, estimuló la imaginación de los artistas de la época como Bellini, Giorgione, Tiziano y El Bosco.
En el «Hieroglyphica» de Horapolo tiene también su origen la emblemática, las figuras simbólicas acompañadas siempre de un corto lema y un comentario aclaratorio. Los emblemas conocerían un gran éxito en los siglos XVII y XVIII, revelándose como vehículo ideal para la propagación de las tesis paradójicas de los alquimistas y de sus aforismos. Los pseudo-jeroglíficos se combinaron de esa forma con viejas enseñanzas pseudo-egipcias, de la misma forma que la mayor parte de los escritos herméticos aparecidos en los entarimados de los techos o en cavidades de antiguos muros resultaron ser pseudo-epígrafes debidos a miembros eminentes de la dinastía hermética.
Basándose en su amplia infraestructura teórica, los alquimistas se calificaban frecuentemente de «filósofos», denominando simplemente «arte» (ars) o «arte filosófica» su campo de actividad. Aunque la noción de arte en la alquimia proviene del techne (técnica) aristotélico y designa de forma sumaria toda destreza en cosas tanto teóricas como prácticas, es indudable que pueden encajar en ella las más amplias definiciones del arte moderno. Y no es, como podría pensarse, en el género de la ilustración fantástica propia de las artes plásticas tradicionales donde es preciso ver una afinidad con el opus magnum hermético, la «magna obra» de los alquimistas, sino en los dominios de la aprehensión de la realidad, como el Concept-Art y el Fluxus.
El esplendor de la emblemática hermética y del arte de la ilustración hermética llega a su fin con el declive de la alquimia «clásica», que aún estaba en condiciones de fundir la destreza tecnológica y la experiencia práctica con elementos espirituales. Pero ya a comienzos del siglo XVII existían posturas opuestas e irreconciliables entre los alquimistas teosóficos como los Rosa-Cruz y los alquimistas operativos como Andreas Libavius, que buscaban mejorar las bases empíricas de la alquimia, situándola en la órbita de la química analítica. Los Rosa-Cruz concedían generosamente que no había mal alguno en fabricar «ese oro impío y execrable», ridícula imitación en comparación con el fin verdadero del acrisolamiento interior y precisaban que su oro era sobre todo el oro espiritual de los teólogos.
No obstante, ambas posturas antagónicas reivindicaban para sí la figura de Theofrastus Bombastus von Hohenheim, más conocido por el sobrenombre de Paracelso (1493—1541).
En este autor, el estudio empírico de la naturaleza va a la par del misticismo misionario. Su vasta obra, en la que se encuentran gran cantidad de fórmulas para la preparación farmacéutica de productos de origen vegetal o mineral, abunda también en teorías sobre la mística de la naturaleza, en el campo de influencia de la magia astral, la cábala y la mística cristiana. Su estilo eminentemente enfático (en alemán se dice «bombástico», término derivado del nombre de Paracelso) no mermó en modo alguno la difusión de sus escritos, cuya influencia se extiende desde los exegetas especulativos de la alquimia, Valentin Weigel, los Rosa-Cruz y Jacob Boehme, hasta el romanticismo y los movimientos antroposófico-teosóficos de los tiempos modernos.
Los dos manifiestos que prometían al lector más oro “que el que tiene el rey de España en las Indias” —humorada de un grupo de estudiantes de teología protestante en nombre de una fabulosa «Hermandad de la Rosa-Cruz”— dieron, a comienzos del siglo XVII, un decisivo impulso a la producción de libros de alquimia. Incluso en el siglo XVIII, los puestos de libros en las ferias alemanas tenían tal abundancia de volúmenes semejantes, cuyo objeto era la búsqueda del lapis o piedra filosofal, «que se podría pavimentar lindamente con ellos el camino de Francfort a Leipzig». (J.G. Volckamer el Joven, Adeptus Fatalis, Friburgo, 1721; citado según J. Telle, Bemerkungen zum «Rosarium philosophorum”, en Rosarium philosophorum, Weinheim, 1992)
Entre los muchos simpatizantes de la invisible hermandad luterana se encuentra Lucas Jennis, editor del primer «Musaeum Hermeticum», publicado en Francfort en 1625. Aunque esta compilación de tratados no hace honor a su título en lo referente al número de ilustraciones, contiene al menos algunos magníficos aguafuertes de Mathaeus Merian (1593—1650). No obstante, un año antes y bajo el título de «Viridiarium Chymicum” o «Chymisches Lustgärtlein» (Hortulus Hermeticus), Jennis había publicado una colección de ilustraciones alquímicas provenientes de sus archivos. Cada uno de esos motivos iba acompañado de versos salidos de la pluma de Daniel Stolcius von Stolcenberg, discípulo del médico paracelsiano Michael Maier (1568—1622). Maier había sido médico de cabecera de Rodolfo II, llamado “el Hermes alemán”, en cuya corte de Praga se congregaban los más ilustres representantes de las ciencias ocultas de la época. En 1618, Maier publicó su célebre corpus de emblemas titulado “Atalanta fugiens” en la editorial de Theodor de Bry, Oppenheim. A la unión en matrimonio de Merian con la hija de Maier debemos no sólo las ilustraciones de “Atalanta” sino numerosos grabados para la gigantesca obra de arte bibliográfica del inglés Robert Fludd, amigo y colega de Maier (1574—1637), «La historia de los dos cosmos”.
Fludd fue objeto de burlas, algunas de las cuales atinaban bastante en su trasfondo espiritual, como el sobrenombre de “doctor trismegistico-platónico-rosacruz” que le endosaron. Puede que su aportación a las ciencias sea exigua; pero a la vista de la extraordinaria plasticidad de formas con que ha sabido revestir la cultura isabelina, sobre todo los dramas de Shakespeare, contribuyendo enormemente a su mejor comprensión, merece el rango en la historia del arte que hasta ahora se le ha negado. (Debo a Dietrich Donat la noticia, debidamente documentada, de que Fludd entregó a la imprenta de Bry dibujos muy exactos y detallados.) En las generaciones siguientes, el mayor competidor de Fludd, proveniente esta vez de la Contrarreforma, sería el jesuita Athanasius Kircher (1602—1680). Sus conocimientos enciclopédicos sobrepasaban con mucho los de Fludd en todos los campos. Sabio universal, Kircher pasa por fundador de la egiptología, y hasta el advenimiento de Champollion, su interpretación simbólica de los jeroglíficos era indiscutida.
Su obra extremadamente vasta, en la que junto a infolios ricamente ilustrados se encuentra su célebre colección de ciencias naturales —que hasta 1876 podía admirarse en Roma, en el «Museum Kircherianum”—, está impregnada de sus vastos conocimientos científicos y de su interés por los saberes ocultos y hechos pretendidamente milagrosos. Este hecho, unido a su interés precoz por los sistemas religiosos de Oriente Medio y Lejano Oriente, preparó el terreno al audaz sincretismo de la Sociedad Teosófica, fundada al término del siglo XIX.
Gnosis y Neoplatonismo
El historiador de arte Aby Warburg, cuyos trabajos interdisciplinarios a comienzos del presente siglo lo convirtieron en un innovador en este campo, veía en la Alejandría del fin de la Antigüedad la encarnación del oscurantismo y de la superstición. Allí, en aquel lugar que fue, en pleno feudo egipcio, el antiguo centro de la cultura griega universal, crisol de pueblos, mercado de colonizadores griegos y romanos, egipcios y judíos, convergen los hilos de las disciplinas que forman el grueso de la filosofía hermética: alquimia, magia astral, cábala. Bajo los términos de gnosis y neoplatonismo se esconden sistemas sincréticos, híbridos, remendados de filosofía helénica, de religiones orientales y de cultos a misterios que se complementan e influencian mutuamente. El animismo caracteriza tanto la gnosis como el neoplatonismo; en ambas doctrinas se encuentran numerosas entidades demoníacas y angélicas, cuyo poder e influencia determinan el destino del hombre.
Gnosis quiere decir conocimiento, y el gnóstico pasa por varios estadios de la conciencia. El primer conocimiento fundamental es la buena nueva de que el fondo del propio ser humano tiene naturaleza divina: el alma aparece como rayo de luz divina. La segunda noticia, la mala nueva, se refiere al «horror de la situación»: ese rayo de luz es prisionero de los poderes tenebrosos, está confinado en el exilio de la materia, encerrado en la mazmorra del cuerpo, los sentidos corporales lo engañan, los astros demoníacos lo mancillan y embrujan, para impedir su retorno a la patria divina.
Bajo la influencia del dualismo mazdeísta (Zoroastro) y platónico, la visión del mundo gnóstico presenta una dolorosa sima entre mundo interior y mundo exterior, entre sujeto y objeto, entre espíritu y materia. Fue Aristóteles quien, en el siglo IV a.C., había formulado esta dicotomía y le había dado un carácter cósmico, dividiendo radicalmente el universo en cielo etéreo, eterno, y una región sublunar y transitoria. Este modelo, que fue asumido casi sin modificaciones por Claudio Ptolomeo (hacia 100—178 d. C.), el agnóstico de Alejandría, se destacó sobre los espíritus durante dos milenios, aniquilando cualquier visión monista del mundo.
Al pleroma, a la plenitud espiritual del mundo de luz divino, se opone en la gnosis, de repente, el kenoma, la vida material del mundo de las apariencias. La ingrata tarea de la creación le cae en suerte a un Dios creador que asume los rasgos despóticos del Jehová del Antiguo Testamento, y que en su acción se vuelve contra el Dios de la luz y de la bondad, contra el «Padre desconocido». Es el demiurgo; en otras palabras, el artista o el maestro de obras. Mientras que en el mito platónico de la creación, el «Timeo», el demiurgo (Platón aún lo llama «poeta») forma a partir del mundo de las ideas un cosmos de proporciones armoniosas bajo la forma de un organismo animado que contiene «todos los seres mortales e inmortales», el demiurgo de la gnosis origina un horrible caos, crea un mundo desnaturalizado e incompleto. Un mundo que la alquimia pretende mejorar por medio del «arte», creando un nuevo orden o modificando el ya existente.
En muchos mitos gnósticos, se atribuye al hombre una responsabilidad creadora: para curar el organismo enfermo del mundo, es preciso devolver el rayo de luz divino, el oro espiritual, a su patria celestial, pasando por las siete esferas planetarias del cosmos ptolemeico. A la esfera de Saturno, la más exterior, corresponde «la sucia vestidura del alma», el plomo, metal grosero. Para franquear esa esfera, es necesario pasar por la muerte del cuerpo y la putrefacción de la materia, condición previa de la transmutación. El alma tendrá que atravesar las esferas de Júpiter (cinc), Marte (hierro), Venus (cobre), Mercurio (mercurio), Luna (plata) y Sol (oro).
La gnosis partía de la tesis de que los diferentes metales correspondían a diversos estados o estadios de madurez o de enfermedad de una sola materia primera en su camino hacia la perfección: el oro. Para facilitarle el paso por las siete puertas de los espíritus planetarios, había que estar en posesión de la gnosis, del conocimiento de las prácticas de la magia astral.
Los neoplatónicos encajaban las diferentes tesis, a veces divergentes entre ellas, que su maestro había expuesto dialécticamente en sus diálogos, en el estrecho corsé de un orden del mundo piramidal y escalonado. En una especie de escala de sonidos descendente, el universo surge de la plenitud del Uno, del bien, y actúa los intervalos de las leyes de la armonía que se remontan a Pitágoras (s. VI a.C.) y a su teoría de la armonía de las esferas. El conflicto interno de los gnósticos era ajeno a los neoplatónicos, que interponían una serie de instancias mediadoras entre los dos polos de la filosofía de Platón: el mundo de ideas inmutables y arquetipos celestes y el mundo mudable y perecedero de las imágenes terrestres. Al igual que el ser humano, el mundo pequeño de éste (microcosmos) estaba formado de tres partes, el cuerpo, el alma y el espíritu; la región astral tenía un alma, el alma del mundo. Las ideas habitan las regiones superiores y trascendentes del intelecto divino, reflejándose e imprimiéndose sus «signaturas» eternas en las cosas de abajo, materiales y mortales, por influjo de los planetas.
El hombre tiene ahora el poder de manipular las cosas que ocurren aquí abajo, actuando sobre las regiones intermedias del alma del mundo mediante prácticas mágicas como los talismanes, exorcismos, y otras similares. El contacto se verifica por medio del cuerpo sutil, invisible, «sideral» o «astral» que rodea al hombre. Los mitos gnóstico-cabalísticos hablan del cielo como de un solo hombre hecho de materia sutil, el proto-Adán anterior al pecado original, andrógino gigantesco que pervive aún en cada uno de nosotros bajo la forma reducida de ese cuerpo invisible, y que aguarda su retorno a la patria celeste. A través de ese medio sideral, el hombre puede comunicarse con el macrocosmos, accediendo así a sueños premonitorios y proféticos.
El poder creativo de la imaginación corresponde en el hombre a la actividad demiúrgica y creadora de los astros exteriores. Paracelso llamaba por ese motivo «astro interior» a esa imaginación. Pero no hay que confundir imaginación con fantasía. La primera se concibe como una fuerza solar, creadora, que se concentra en el eidá, las ideas, los arquetipos paradigmáticos del «mundo real»; la segunda, por el contrario, no es más que una ilusión lunática y engañosa, relacionada con el eidola, pálido reflejo de las ideas en el “mundo de las apariencias”.
«Si alguien poseyera realmente esas ideas de las que habla Platón, podría convertirlas en substancia vital y crear perpetuamente una obra de arte tras la otra.» (Alberto Durero) Paracelso compara la imaginación («Ein-bildung») con un imán que, por su fuerza magnética, atrae las cosas del mundo exterior y las hace entrar en el hombre para someterlas en él a una transformación. Ése es el motivo por el que el campo de actividad de la imaginación se representa por el símbolo del alquimista, del escultor o del orfebre. Es necesario dominar la imaginación, pues el hombre es “..el que piensa y lo que piensa. Piensa en el fuego, entonces es fuego”. (Paracelso)
Para Demócrito, el filósofo griego de la naturaleza que primero utilizó el término microcosmos, las apariencias, representaciones e ideas son, sin excepción, entidades concretas y materiales, susceptibles de transmitir sus cualidades a quien las observa o concibe; incluso el alma está hecha para él de sutiles átomos ígneos. La mayoría de las corrientes místicas relacionadas con la naturaleza oscilan entre un dualismo fundamental: el espíritu y la materia por un lado y un monismo a la manera de Demócrito por la otra. Así pues, para los neoplatónicos el mundo tangible y sensible no es más que el poso residual de una larga progresión de grados cada vez más sutiles de la materia. Este materialismo radical se encuentra también en todas las corrientes ocultistas y espiritistas de los tiempos modernos. Su principal instigador, el vidente sueco Emanuel Swedenborg (1688—1772), trató de desvelar, en una primera fase en que se dedicó a las ciencias naturales, la materialidad del alma y de los espíritus vitales.
 Estudio de las proporciones según Vitruvio:
También Leonardo da Vinci (1452-1519) estaba familiarizado con las ideas del neoplatonismo florentino, sobre todo a través del “Corpus hermeticum”, en la traducción de Marsilio Ficino. |
En la Edad Media, el neoplatonismo estuvo representado principalmente por la mística de la Iglesia ortodoxa. Aunque no era incompatible con las estrictas estructuras jerárquicas del Estado y de la Iglesia, fue relegado en Occidente al margen de los grandes sistemas doctrinales escolásticos. La Iglesia, por su parte, pensaba que con el exterminio de los cátaros y de los valdenses, a comienzos del siglo XIII, y la consiguiente creación del “Santo Oficio de la Inquisición”, había erradicado definitivamente la «herejía» gnóstica.
Pero en el Renacimiento la tradición alejandrina brotó con renovadas fuerzas: Marsilio Ficino (1433—1499), el principal representante de la Academia Platónica florentina, traducía en 1463, por orden de Cosme de Médicis, un compendio de catorce tratados gnóstico-neo platónicos de los primeros siglos del cristianismo. Este compendio, que se atribuía a Hermes, «el tres veces grande», era conocido bajo el título de “Corpus Hermeticum”. La impresión profunda que causó este «corpus» en el mundo del humanismo se explica por el hecho de que parecía transmitir, aun estando impregnado de ideas mágicas, la pretendida sabiduría de los misterios antiguos en el estilo del Nuevo Testamento, es decir, con un espíritu cristiano. Y el hecho de que los textos evocaran una ciencia antigua y secreta de los hebreos, la cábala, tal cual la había expuesto Pico della Mirandola (1463—1494), amigo de Ficino, no hizo más que reforzar la creencia de que existía una prisca sapientia de espíritu totalmente cristiano. (La cábala de fundamento alejandrino, como la conocemos ahora, surgió en los siglos XII y XIII en el sur de Francia y en España.)
Los efectos de la conciencia gnóstica sobre la vida espiritual en Europa son tan complejos y omnipresentes, que es difícil evaluarlos en toda su extensión: el hombre del «Corpus Hermeticum», que participa del genio creador de Dios, cuadra de maravilla con el ideal del hombre renacentista, que comienza a liberarse de las ataduras del cosmos gradual del medioevo para penetrar en el centro del devenir universal.
El rayo de luz gnóstico que, prisionero de las tinieblas de este mundo, aspira al conocimiento de Dios, se refleja en la lucha solitaria del alma protestante por alcanzar la salvación. La ortodoxia luterana ha conseguido, a lo largo de los siglos, borrar de su memoria todos los intentos de reforma, provenientes de sus propias filas, basados en la alquimia y la cábala, ya que dichos intentos se oponían al «cristianismo amurallado y a la letra de la fe». Pero la huella dejada por estas fuerzas visionarias del siglo XVII (como las de Weigel, los Rosa-Cruz o los partidarios de Boehme), en la mística anglicana, en las corrientes pietistas del siglo XVIII y en el idealismo alemán, de orientación protestante, ha sido profunda.
William Blake ve con toda razón el demiurgo de la gnosis en el Dios deísta de la Ilustración creyente en el progreso, un Dios que emprende la huida después de haber puesto en marcha la rueda de la creación y haberla abandonado a su curso disparatado. Se imponía la noción de un mundo perfecto, necesitado de mejora, para que pudiera desarrollarse el moderno espíritu científico. Es interesante constatar que son los pensadores gnósticos como Paracelso y Boehme quienes pueden trazar la imagen de una naturaleza divina surgida de la materia sombría, inspirando así el culto del romanticismo a la naturaleza.
Pocos alquimistas tenían conocimiento del “Corpus Hermeticum”. Pero todos ellos asociaban a Hermes con la imagen aportada por la Tabla de esmeralda, y con el principio húmedo, «mercurial», del «comienzo y del fin de la obra». En la veneración de esta “agua divina” se encuentran las aguas superiores y pneumáticas de la gnosis que en los textos griegos de los albores de la alquimia desembocan en las tinieblas de la materia, evocando así el descenso del Cristo gnóstico para despertar de su letargo a los cuerpos muertos de los metales.
En dichos textos se abordan los ritos del desmenuzamiento y resurrección de los metales, que recuerdan el mito egipcio de Osiris, así como los cultos órficos y dionisíacos perpetuados en nuestros días en el rito masónico. Mircea Eliade, especialista en temas de religión, habla de la noción de «complejidad y del drama en la vida de la materia» propia de la antigua práctica metalúrgica de los egipcios y del área cultural de Mesopotamia; sólo después de «conocer los misterios greco-orientales» podemos tener una idea cabal de las imágenes y visiones que los conforman. (Herreros y alquimistas, París 1956)
La distinción exacta entre materia orgánica e inorgánica era desconocida entonces. Por ese motivo, el proceso de transmutación se representaba como una especie de fermentación, durante la cual ciertos metales podían transmitir sus propiedades, como una encima o levadura.
Pero la alquimia, tal cual llegó al Occidente cristiano después de pasar por España en los siglos XII y XIII, es infinitamente más rica y misteriosa de lo que sugieren los textos de alquimistas de comienzos del período alejandrino. Si se quiere hacer honor a toda la complejidad del «real arte», hay que recurrir al esquema ternario tan socorrido por los filósofos herméticos: el alma de la alquimia se situaría en Alejandría; su corpus, sus innumerables prácticas empíricas, su saber técnico, los criptogramas, las máximas y las imágenes alegóricas, encuentran su continuación en los árabes. Su espíritu, por último, está estrechamente ligado a la filosofía de la naturaleza griega, cuyos fundamentos teóricos fueron sentados en el siglo V a.C. |